VOLVER(SE) POLVO
Para no ser tocado. Primero fue
el encierro y a través de la rendija de la puerta además el miedo. Con él aceptamos
nuevas visiones de ciudadanía que parecían resonar (volverse isla, fragmentarse
del otro, volverse nadie, era ser ciudadano). Llegó al poco el hambre, la
angustia de la inmovilidad y la certeza de lo que ya venía martillando en
nuestras cabezas: éramos, finalmente, desempleados. Una nueva identidad entre paredes
que ponían a prueba las palmas de la mano o los puños: bienvenida la rabia.
Todo volaba de aquí para allá como un insecto difícil de seguir: era la
información, que asimilaba también un ajedrez; en cualquier día comíamos un
peón (algo por lo menos en la lentitud —y lejanía— de la cuarentena) y en otro
nos tumbaban la reina: nada daba para ser optimista: los médicos y científicos
se contradecían y los medios eran ese habitual ruido a modo de ambulancias
desquiciadas.
Borrarlo (descansar) todo de un
plumazo era dejar de lado noticieros y redes sociales; para al día siguiente,
sin pudor, apenas levantado buscar un pequeño dato —con los ojos humeantes de ansia—; cualquier gesto del afuera donde imaginábamos estaban los otros.
El nuevo saber, en efecto, no era apenas una mirada a una sucesión de
acontecimientos sino, sobre todo, la constatación de que existían respiros cercanos,
conocidos, humanos. Los hijos preguntaban y exigían menos de lo acostumbrado,
quizá porque veían al toro herido, clavado en el sofá, en la computadora, en el
pensamiento y en el vacío. Un neo-Cristo de la era digital ignorante de sí
mismo. Volviendo al toro, cada día transcurrido parecía traer kilogramos silenciosos al
cuerpo (Eh ahí la emergente criatura, más volumen que furia, todavía).
Un día soñé que me buscaba los
clavos del cuerpo y descubrí que estaba atado. ¡Las formas del encierro! El
Gobierno, ajeno a lo que sentía la población —aprovechándose de su fragilidad y de
su pequeña libertad usurpada— saqueaba a los cuatro vientos en la ciudad
y retiraba, a través de reformas, los acuerdos de la convivencia posible. Los
parientes y los amigos estaban lejos. El dinero goteaba los penúltimos
padrenuestros. El rostro era una bola de periódico que volvía a ser templada.
Los hijos no molestaban, eran los hijos de los clavos de Cristo en el celular.
El golpe letal otra vez era el Gobierno, que por si fuera poco reproducía los
rostros crápulas y las palabras impresentables de su Gabinete en las pantallas
para que las agonías descansaran en colerín.
Los psicólogos clamaban por favor no usen armas, no se vayan a suicidar. Pero los psicólogos estaban una parte equivocados, la gente se abastecía de armas porque quería vivir.
Los psicólogos clamaban por favor no usen armas, no se vayan a suicidar. Pero los psicólogos estaban una parte equivocados, la gente se abastecía de armas porque quería vivir.
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